ESTRÉS EN SITUACIONES VITALES

El estrés, es una respuesta interna y condicionada a las presiones externas. Además de ser una respuesta corporal a las demandas de la vida, también hay aspectos emocionales y mentales que conforman el estrés. Se experimenta como pensamientos, sentimientos y en forma de conducta.

En muchos casos, el estrés que experimentan las personas de hoy en día, es una respuesta a las amenazas psicológicas. Algunas de estas amenazas pueden ser perder un empleo o buscarlo, la muerte de un ser querido o problemas de relación. Cualquiera de estas situaciones, pueden ocurrir más de una vez en el curso de la vida.

El estrés ha evolucionado en forma de respuesta de lucha o huida. Esta respuesta fue una reacción a las amenazas físicas en la vida de las personas de la antigüedad. La respuesta de lucha o huida provoca los componentes físicos del estrés, que aparecen cuando se libera adrenalina y cortisol en el torrente sanguíneo. Estas hormonas causan un aumento del flujo sanguíneo, la coagulación y el aumento del ritmo cardíaco, la presión arterial y el azúcar en la sangre, para poder obtener la energía necesaria para hacer frente a la amenaza que se nos presenta.

La respuesta al estrés es inmediata e incontrolable. Alguien con altos niveles de estrés puede experimentar estos aspectos físicos varias veces durante el día. Los niveles constantes de estrés pueden hacer que las personas resientan su salud, con afecciones  como la hipertensión, dolor crónico, envejecimiento prematuro y debilitamiento del corazón.

Síntomas de estrés

El estrés puede tener síntomas físicos, mentales y emocionales. El estrés afecta a las personas en diferentes niveles, por lo que acudir a terapia y evaluar la sintomatología, puede ayudar a identificar qué partes de nosotros mismos están siendo afectadas por el estrés.

Los síntomas físicos del estrés incluyen:

  • Dolores de cabeza y cervicales.
  • Alteraciones del sueño.
  • Caída del cabello.
  • Debilitamiento del sistema inmunitario.
  • Fatiga.
  • Problemas digestivos.
  • Dolor corporal.
  • Problemas en la piel.

Los síntomas mentales del estrés incluyen:

  • Deseo de huir.
  • Sensación de estar superado.
  • Disminución de la memoria y la orientación espacial.
  • Ideación suicida.

Los síntomas emocionales del estrés incluyen:

  • Ansiedad.
  • Depresión.
  • Irritabilidad.
  • Tristeza.
  • Enfado.
  • Apatía.
  • Angustia.

¿Qué causa el estrés?

El estrés no siempre es causado por un evento negativo. Algunas experiencias de vida positivas pueden ser tan inductoras de estrés como las negativas. Estas experiencias pueden ser:

  • Perder un trabajo o comenzar un nuevo trabajo.
  • Divorciarse o separarse.
  • Casarse
  • Muerte del cónyuge.
  • Experimentar un cambio en el estado económico.
  • Tener un hijo.
  • Comenzar o terminar los estudios.
  • Cambio de ciudad o país.
  • La pérdida de un ser querido.
  • Ser diagnosticado con una enfermedad grave.
  • Problemas de salud de algún familiar.
  • Infertilidad
  • Embarazo
  • Jubilación.
  • Problemas con alcohol o drogas.

Muchas personas, afrontan estos eventos de forma natural y lo integran como parte de su vida. Pero otras, tienen serias dificultades para elaborar este cambio y aparecen las respuestas de estrés.

Mecanismos de afrontamiento no saludables para el estrés

Las personas también pueden desarrollar métodos para hacer frente al estrés. Un mecanismo de afrontamiento es una respuesta que se desarrolla con el tiempo para ayudar a alguien a lidiar con una fuerza externa angustiosa, como el estrés. Algunos mecanismos de afrontamiento funcionan como herramientas saludables para manejar el estrés, pero otros no son saludables y pueden magnificar los efectos negativos del estrés en lugar de reducirlos.

Algunos ejemplos de mecanismos de manejo de estrés potencialmente dañinos incluyen:

  • Beber alcohol en exceso.
  • Fumar
  • Comer emocionalmente.
  • Uso de drogas.
  • Juego.
  • Compras
  • Autolesiones

La terapia puede ayudar a las personas a identificar un mecanismo de afrontamiento no saludable para el estrés y desarrollar uno más adaptativo para usar en su lugar. Si una persona utiliza un mecanismo de afrontamiento poco saludable para lidiar con el estrés a largo plazo, puede terminar con un problema secundario de salud mental.

Situaciones vitales estresantes

Hemos podido leer una lista con las diversas situaciones de la vida que podemos afrontar con estrés. A continuación, vamos a describir los efectos y tratamiento que puede tener algunas de ellas.

Divorcio:

La agitación emocional profunda como resultado de transiciones importantes en la vida, se conoce como problemas de fase de la vida. Estas luchas psicológicas están arraigadas en eventos significativos específicos que interrumpen la capacidad para lograr armonía emocional y la funcionalidad de manera saludable. El divorcio es una situación que frecuentemente genera estrés y está reconocido por la Escala de Estrés de Holmes y Rahe como el «segundo evento de vida más estresante que una persona puede experimentar, estando por debajo de la muerte del cónyuge».

La decisión legal de terminar una relación desencadena un proceso largo y difícil. Incluso sin problemas legales y financieros complicados, la agitación es a menudo enorme, afectando a niños, familiares y amigos.

Los pensamientos intrusivos y la sensación de desesperanza son habituales que aparezcan. Los sentimientos de depresión y ansiedad pueden surgir y evitar que la persona experimente placer o prevea un futuro feliz. A medida que la tasa de divorcios se fue incrementando, la psicología comenzó a reconocer su impacto demoledor en el bienestar emocional y físico de las personas, así como la necesidad de tratamientos específicamente diseñados para ayudar a las personas que están luchando después del divorcio.

 

Los efectos del divorcio

El divorcio cambia la vida en muchos ámbitos. Los más comunes son:

  • Situación económica: Los cambios financieros ocurren cuando un hogar se convierte en dos. En algunas familiar, solo un miembro de la casa es el que trabaja, y tiene que hacer frente a estos hogares, lo que en la mayoría de los casos es inviable. Los cambios repentinos en el presupuesto que vienen con el divorcio pueden causar preocupación, estrés o ansiedad.
  • Estilo de vida: El cambio de rutina en las personas recién divorciadas, puede hacer que se sientan solas o no sepan encauzar su nueva vida. Estos sentimientos pueden ocurrir incluso si la persona quería el divorcio. El autocuidado y la autocompasión son claves en este momento de cambio.
  • Relaciones: Principalmente, los vínculos con los niños, la familia política y las amistades pueden ser alterados por el divorcio. Las relaciones con amigos mutuos pueden cambiar. Los hijos, tras establecer la custodia, ya no pueden pasar todo el tiempo que les gustaría con los padres, y con la familia política se pueden presentar tensiones que antes no existían o rupturas de la relación. Este cambio puede causar sentimientos de pérdida o pena. Mantener una red de apoyo sólida durante este tiempo es vital.

Efectos del divorcio en los niños

El sufrimiento de los hijos tras un divorcio es habitual, pero las reacciones psicológicas de los niños ante el divorcio de sus padres varían en grado dependiendo de tres factores: la calidad de su relación con cada uno de sus padres antes de la separación, la intensidad y la duración del conflicto parental y la capacidad de los padres para enfocarse en las necesidades de los niños tras su divorcio.

Los problemas habituales en los menores que sufren esta situación son depresión, ansiedad, cambios en el rendimiento escolar y trastornos de conducta.

Generalmente, los niños que tienen éxito después del divorcio, tienen padres que pueden comunicarse efectivamente y trabajar juntos como padres, es decir, mantener las mismas pautas de crianza y cuidar el estado emocional de sus hijos.

Por todo ello, antes de decidir divorciarte, asegúrate de haber hecho todo lo posible para mejorar tu relación. ¿Estás seguro de que no hay alternativa, como la separación? Piensa en hablar de ello con un terapeuta de pareja y valorar la situación de pareja y familiar, por si la intervención se puede orientar a la mejora de la comunicación y los sentimientos entre la pareja, o bien, si la decisión final es el divorcio, poder enfrentarlo de la mejor forma, evaluando los factores que interfieren en el proceso adaptativo.

Infertilidad:

La paternidad es uno de los principales hitos a conseguir en la vida adulta tanto para hombres como para mujeres. Para muchos es una expectativa deseada, y para otros autoimpuesta por las presiones de la sociedad o las demandas de la familia y amigos. El estrés de no cumplir esta expectativa, se ha asociado con consecuencias emocionales como depresión, ansiedad, problemas de pareja, disfunción sexual y aislamiento social. Las parejas que se encuentra en esta situación, suelen experimentar sensación de pérdida, disminución de la autoestima, pérdida de identidad, estigmatización y sentimientos de defectuosidad o incompetencia en el contexto de su infertilidad.

Las relaciones de la pareja se pueden ver resentidas, no solo la relación primaria con el cónyuge, sino también con amigos y familiares, ya que pueden causar dolor sin darse cuenta al ofrecer opiniones y consejos compasivos pero mal orientados. Las parejas que lidian con la infertilidad pueden evitar la interacción social con amigos que están esperando un bebé y familias que tienen hijos.

La psicoterapia en estos casos puede ser útil para identificar y tratar de cambiar los patrones de pensamiento o conducta poco saludables. En estos casos, la investigación ha demostrado, que la psicoterapia obtiene resultados tanto en formato individual, de pareja o en grupo.

Inicio de la universidad

“Al final de mi primer año de universidad, la ansiedad y la depresión me golpearon tanto que simplemente no sabía lo que estaba pasando. Era como despertarse y encontrarse solo en medio del océano”.

Esta sensación la hemos podido tener todos en algún momento de nuestra vida, pero en el primer año de universidad es más frecuente de lo que parece. Generalmente tenemos una imagen romántica de la vida estudiantil, pero para muchas personas, esta imagen se torna en los primeros meses de universidad.

Normalmente, cuando entramos en la universidad tenemos multitud de expectativas, sobre cómo van a ser las materias, la gente nueva que se puede conocer, las nuevas alternativas para disfrutar el ocio, el Erasmus, la libertad de movimiento que se tiene al ser mayor de edad, etc. Considerando la etapa universitaria como “los mejores años de la vida”, los cuales hay que disfrutar al máximo y no desperdiciar, pues luego no habrá nada igual.

Pero muchas veces, esa perspectiva da un giro, y la persona comienza a tener ciertas sensaciones que posiblemente nunca había experimentado, como ansiedad, bajo estado de ánimo, preocupación, estrés o ganas de no hacer nada. Y el problema viene en la dificultad de admitir que esto no es normal en la universidad, pues no pasarlo bien y no disfrutar es antinatural, lo que puede llevar a la persona a aumentar aún más la sintomatología, pues el mensaje de los suyos le dice que no puede estar mal, que es momento de estudiar y disfrutar, por lo que la vida del estudiante se convierte en un esfuerzo frenético por mantenerse a flote de sus emociones negativas.

Ahora bien, lo peligroso de esta situación, es que la persona reprima estas emociones que está experimentando, y la sintomatología poco a poco vaya aumentando hasta que no pueda más, viendo principalmente deteriorada la vida social y el rendimiento académico.

Por ello, si te sientes en esta situación no dudes en pedir ayuda y conseguir afrontar la realidad de una forma más saludable. Con la Terapia cognitivo conductual se revisarán las expectativas previas a la universidad, y los factores que están interfiriendo en la correcta adaptación a esta etapa vital de la vida.

Cambio de ciudad o país:

A este fenómeno también se le denomina Síndrome de Ulises, por las adversidades que sufrió en su viaje este héroe griego hasta que volvió a su hogar.

El cambio de residencia, ya sea de ciudad o país, por diferentes motivos, como pueden ser laborales, académicos o familiares, en algunas ocasiones generan consecuencias negativas por las dificultades que puede presentar la adaptación a la nueva situación.

Cada individuo, tiene sus propias características, su historia biográfica y su forma de ser, pero de forma general, esta situación de cambio puede poner en marcha procesos psicológicos que afecten negativamente y no permitan afrontar la situación de la mejor manera.

El cambio de residencia puede suponer un cambio radical, en cuanto al idioma, costumbres, cultura y valores de la nueva sociedad. Adaptarnos a todo ello puede tener más reticencias de las que se había anticipado. Además se presentan fenómenos psicológicos que tienen que ver con lo que dejamos atrás: la familia, los amigos, el hogar, las rutinas y nuestras costumbres.

Pueden aparecer diferentes sentimientos, que nos hacen más complicado el ajuste a la nueva situación, como son el sentimiento de culpa por haberse ido, dejando atrás a familia y amigos; sentimiento de fracaso, por no haber podido continuar la vida en el lugar de origen; sentimiento de pérdida de identidad, sobre todo cuando se está muy arraigado al lugar de nacimiento; visión negativa de uno mismo por no poder afrontar el cambio como se esperaría y temor al posible retorno, por la posible pérdida de relaciones debido a la distancia.

Una vez que la persona ha comenzado la nueva vida, pueden surgir miedos que dificulten la adaptación a la nueva situación. Por ejemplo,  miedo a no alcanzar nuestros objetivos, como encontrar trabajo o conocer gente; miedo a lo desconocido, por sentirnos inseguros al no conocer a lo que nos enfrentamos; miedo a cambiar la forma de ser o miedo al rechazo por los miembros de la nueva cultura.

La mayoría de las personas que se enfrentan a esta nueva situación, suelen superar estos miedos y se van acomodando poco a poco a su nuevo destino, pero si finalmente, las cosas no son como uno pensaba, se puede recurrir a la psicoterapia para abordar las dificultades que estén apareciendo en este proceso de adaptación.

La Terapia cognitivo conductual, ayuda a la persona a integrarse en la nueva sociedad, enfrentándose a sus miedos y agilizando nuevas estrategias de afrontamiento, interviniendo a nivel cognitivo y emocional.

 

Diagnóstico de una enfermedad:

La vida de las personas que son diagnosticadas de una enfermedad grave o crónica, experimenta cambios significativos en su calidad de vida y bienestar, necesitando estrategias de afrontamiento para abordar la nueva situación. Para una adaptación adecuada, es necesario que la persona no presente trastornos psicológicos, que su estado emocional sea estable, por la baja presencia de emociones negativas intensas y la mayor manifestación de sentimientos positivos, junto con un funcionamiento general adecuado y un estado de satisfacción sobre su vida.

Regulación de emociones

Emociones como la depresión, la ansiedad, la incertidumbre, la impotencia, etc, es habitual que las presenten este tipo de pacientes. La forma en que las afronten, influye en la mejor o peor adaptación a la enfermedad. Dentro de la regulación emocional, hay dos tipos de estrategias de afrontamiento, la primera es el conocimiento y expresión de las emociones relacionadas con la enfermedad, permitiendo a la persona una mejor adaptación a la nueva situación y adhesión al tratamiento. En cambio, la persona puede optar por la evitación e inhibición de las emociones, teniendo como consecuencia el empeoramiento del curso de la enfermedad y de su estado psicológico, lo que puede favorecer la aparición de trastornos psicológicos.

Por ello, la intervención en el ámbito emocional de las personas diagnosticadas de una enfermedad grave o crónica, es fundamental para la adaptación del paciente a su nueva situación.

Habilidades personales de adaptación a las enfermedades crónicas

Dentro del proceso de adaptación a la enfermedad crónica, la persona tiene que habituarse a ciertas responsabilidades que conlleva este padecimiento, como es la adhesión al tratamiento y los cambios del estilo de vida, entre otros. En el caso de que le sea muy difícil o prácticamente imposible cumplir estos requisitos, se verá afectada la adaptación psicológica de la persona. Diferentes estudios muestran, que el cumplimiento de hábitos saludables se relaciona con beneficios físicos en términos somáticos y funcionales.

Procesamiento cognitivo

En gran parte de los estudios sobre la calidad de vida de los pacientes con enfermedades crónicas, la percepción de ésta es inferior respecto de las personas sanas. La parte positiva, es que mediante estrategias cognitivas se puede contrarrestar esta percepción negativa.

En muchos casos, la experiencia de afrontar una enfermedad no tiene por qué ser del todo negativa. Hay ciertas variables que mejoraban al vivir esta situación, como el cambio de prioridades, la apreciación de la vida y la mejora de las relaciones sociales y familiares.

En ocasiones, vivir estas situaciones vitales estresantes, hace que la persona experimente un crecimiento personal y cambie la apreciación de la vida, observando los beneficios relacionados con el sufrimiento de una enfermedad, constituyendo una estrategia cognitiva para compensar los aspectos negativos de la situación.

Con la Terapia cognitiva conductual se aplican destrezas para cambiar la actitud del paciente ante la enfermedad. Estrategias como la reestructuración cognitiva de pensamientos distorsionados, identificación de ventajas por la aparición de la enfermedad o la solución de problemas, pueden mejorar enormemente el estado psicológico del paciente.

Afrontamiento de la situación

Para que el paciente se adapte a la nueva situación, no se debe forzar el proceso, pues puede suponer el rechazo de la intervención. Por ello, la terapia se centra en la etapa en la que se encuentre el paciente, haciendo frente a los miedos y pensamientos negativos que presente en ese momento. Ámbitos como la autonomía y la participación activa en el tratamiento son fundamentales para avanzar en el proceso. La comunicación abierta con los profesionales de la salud, y la adhesión al tratamiento, son parte fundamental del proceso de hacer frente a la realidad de la enfermedad.

 

Desempleo

La rutina es fundamental en la vida en general, pero cuando una persona está desempleada es imprescindible. Uno de los principales problemas de la ausencia de trabajo es la falta de horarios y obligaciones que éste nos impone. La pérdida de este orden en nuestra vida, puede dar lugar a diversos trastornos psicológicos, como consecuencia del exceso de tiempo libre que favorece el aumento de los pensamientos negativos y la preocupación.

Son normales los cambios en el autoestima y autoconcepto de una persona que se encuentra en el paro, bien porque haya trabajado durante años y ahora cambia su rol en la sociedad y en la familia, o bien porque no haya trabajo nunca, y su sentimiento de inutilidad y desesperanza aumenta por días.

El miedo al fracaso, la presión social, el juicio que la persona hace de sí mismo, el sentimiento de incertidumbre y la angustia, van anulando poco a poco la capacidad de la persona de mostrarse activa en su día a día, dando cabida a los sentimientos negativos y a sus conductas consecuentes, lo que va generando un círculo vicioso del que cada vez es más difícil salir, lo que genera sentimiento de culpa, agravando aún más el malestar.

La terapia cognitivo conductual se centra en cambiar ciertos hábitos conductuales que afectan a la persona desempleada, y generar nuevas rutinas, además de intervenir a nivel cognitivo, para aumentar su autoestima y su sensación de eficacia, reduciendo o eliminando los pensamientos desajustados ante esta situación.

 

Embarazo

El estado emocional que espera una mujer y sus allegados del embarazo, suele ser positivo, lleno de alegría y felicidad por el bebé que está en camino. Pero, la mayoría de las futuras madres, experimentan en algún momento a lo largo del embarazo emociones negativas en relación a su propio estado y al futuro.

El embarazo es un estado que genera mucha incertidumbre, no solo por el estado de salud del bebé, a pesar de que hoy en día las madres están plenamente controladas por revisiones médicas, sino por todos los cambios que la llegada del nuevo miembro de la familia traerá consigo. En ocasiones, el bajo estado de ánimo también aflora por los cambios físicos y psicológicos que experimentan las futuras madres en este proceso. Las preocupaciones por el trabajo, la compatibilidad de horarios, la situación económica, el estado de la relación de pareja, la disponibilidad de tiempo libre, etc, son algunas de las inquietudes que pueden rondar la cabeza de muchas mujeres. Además, los miedos sobre la maternidad también pueden surgir durante este proceso.

El problema comienza cuando estos síntomas se presentan de forma continuada, y con alta frecuencia. En ocasiones, es difícil diferenciarlo de la condición normal del embarazo, ya que cambios en el apetito, en la energía, en el humor y en el sueño son completamente normales en este momento, pero si el malestar persiste sería conveniente hacer una evaluación psicológica para descartar una posible patología relacionada con el embarazo.

Hay ciertos factores que aumentan la probabilidad de sufrir depresión durante el embarazo, como haber presentado previamente este diagnóstico o tener historia familiar de depresión, y aspectos más psicosociales, como son la actitud negativa hacia el embarazo, falta de apoyo social, estrés asociado a eventos negativos y problemas con la pareja.

El tratamiento para este proceso es el mismo que para otros tipos de depresiones, con la Terapia cognitivo conductual se abordarán las creencias y pensamientos que están generando malestar a la futura madre y los aspectos conductuales relacionados.

 

Depresión post parto

Cuando una mujer da a luz, sufre una serie de cambios que afectan a su salud psíquica y física, generando en algunas ocasiones una leve depresión, también llamada “baby blues”. Pero en otros casos, esta situación se torna más grave y se convierte en una depresión.

El “baby blues” se considera un síndrome transitorio, que generalmente comienza en la primera semana después del parto y remite a los 15 días. Aproximadamente, un 80% de las nuevas madres pasan por este estado emocional, sintiendo irritabilidad, angustia, tristeza, cambios de humor y ganas de llorar. Cuando se experimenta este estado no requiere tratamiento, ya que los síntomas remiten por si solos a los pocos días, pero es fundamental el apoyo y empatía de la familia.

Este síndrome responde a la necesidad de adaptación que siente la mujer, a todos los cambios que experimenta su vida al tener un hijo. Existen causas fisiológicas que explican esta sintomatología como son los cambios hormonales, las molestias asociadas al parto y la subida de la leche; y también hay causas psicológicas, como son el miedo e inseguridad ante la nueva situación, sentimientos de culpa por sentirse triste cuando debería estar feliz, cambios en el sueño, cambios en la relación de pareja y tener que hacer ajustes sobre las expectativas que tenía previamente sobre la maternidad.

En cambio, la depresión post parto puede ocurrir en cualquier momento dentro del primer año después del parto, generalmente dentro de las cuatro semanas posteriores a dar a luz, pero a veces varios meses después. Los síntomas deben estar presentes durante al menos dos semanas y deben afectar a la capacidad de la madre para funcionar. Este estado depresivo lo sufren alrededor de un 15% de las nuevas madres, y generalmente, es necesaria la ayuda especializada para poder afrontarlo.

Los eventos que predisponen a una mujer a la depresión post parto incluyen:

  • Depresión post parto previa.
  • Depresión no relacionada con el embarazo.
  • Síndrome premenstrual severo.
  • Condiciones maritales, familiares, vocacionales o financieras estresantes.
  • Embarazo no deseado o ambivalencia sobre el embarazo.

Los síntomas para la depresión post parto incluyen:

  • Estado de ánimo deprimido durante la mayor parte del día y casi todos los días.
  • Pérdida de interés en actividades previamente consideradas placenteras.
  • Desesperanza y desesperación.
  • Falta de preocupación por el bebé.
  • Sentimientos de culpa, inadecuación y falta de valor.
  • Dificultad para concentrarse y memoria deteriorada.
  • Pensamientos bizarros.
  • Ataques de pánico.
  • Agitación o letargo.
  • Pensamientos de suicidio y / o infanticidio.
  • Miedo a dañar al bebé.

En el caso de la depresión post parto, también se han estudiado varias causas posibles, entre ellas están:

  • La teoría biológica, que apunta a la desregularización de la glándula tiroides como una inductora del estado de depresión.
  • Los factores psicosociales y emocionales pueden actuar como instigadores del estrés e impactar la autoestima de la mujer. Las nuevas madres requieren altos niveles de apoyo, y la depresión post parto prolongada está vinculada a la falta de apoyo social. Las nuevas madres necesitan consuelo y apoyo durante el embarazo y después del parto. También necesitan ayuda con las tareas domésticas y el cuidado del bebé y de los otros hijos. Tal apoyo puede faltar para una madre soltera o para una mujer con pocos familiares cercanos.

El rol cambiante de la madre puede alimentar el sentimiento de «inadecuación». Las mujeres con depresión a veces ven estos cambios de manera diferente que las mujeres no deprimidas.

La actitud de la madre hacia su embarazo puede ser importante al evaluar el riesgo. Es común que una mujer sienta dudas sobre el embarazo, especialmente cuando no está planeado. Se reporta una mayor incidencia de depresión entre las mujeres ambivalentes con respecto al embarazo.

Un parto por cesárea es una cirugía mayor y requiere aún más tiempo de recuperación. Combinada con la energía que se gasta cuidando a un bebé durante todo el día y cuidando de otras responsabilidades, no es sorprendente que experimente un descanso inadecuado. La fatiga resultante puede aumentar la vulnerabilidad de la madre y ser un riesgo adicional para la depresión.

El aumento de peso durante el embarazo también puede afectar la autoestima y aumentar el riesgo de depresión.

Los sentimientos encontrados a veces surgen del pasado de la mujer. La pérdida temprana de la propia madre o una mala relación madre-hija puede hacer que una mujer se sienta insegura con respecto a su nuevo bebé. Puede temer que cuidar de su hijo le cause dolor, decepción o pérdida.

Los sentimientos de pérdida, como la pérdida de libertad y el control, son comunes y pueden aumentar la depresión.

Los problemas de lactancia también pueden conducir a la depresión. Las nuevas madres no deben sentirse culpables si optan por dejar de amamantar o han decidido desde un primer momento no hacerlo. El bebé estará bien nutrido de ambas formas.

Las madres con bebés prematuros tienen más probabilidad de sufrir depresión. Un parto prematuro produce cambios inesperados en la rutina y es un factor estresante adicional.

Un bebé con un defecto de nacimiento hace que el ajuste sea aún más difícil para los padres.

El nacimiento de un primer hijo es un evento particularmente estresante para las nuevas madres y parece tener una mayor relación con la depresión que el nacimiento de un segundo o tercer hijo.

Habitualmente, en estos procesos psicológicos solo se habla de las madres, pero el sufrimiento psicológico de los padres también existe, ya que la vida de ellos también pasa por una serie de cambios que tienen que afrontar, además del posible estado negativo de su pareja.

El tratamiento para este tipo de depresión es similar al resto de cuadros sintomáticos que agrupan la misma sintomatología.  A través de la Terapia cognitivo conductual, los padres puede aprender a obtener más satisfacción y recompensas a través de sus propias acciones, y cambiar patrones de comportamientos que les llevan al malestar. También se realiza un trabajo sobre el área cognitiva, evaluando las diversas creencias que están sosteniendo este estado y trabajando sobre ellas para conseguir un estado emocional óptimo.

Jubilación

La mayoría de las personas que trabajan, pasan su vida anhelando la jubilación, generando expectativas de cómo será ese momento en el que desaparecen las obligaciones y exigencias que implica el trabajo. En general, las personas nos quejamos de la falta de tiempo y pensamos en todas las cosas que haríamos si estuviéramos jubilados y tuviéramos disponible todo el tiempo del mundo, pero para algunas personas, esta situación se convierte en un reto difícil de afrontar.

Las dificultades que pueden aparecer en este momento vital dependen de muchos factores, como por ejemplo, el estado de salud, la situación económica, la red social, la cantidad de hobbies que tenga la persona, las variables concretas de personalidad, así como la forma que tenga de afrontar los cambios.

Otro factor importante es el cambio de rol que sufre la persona, pasa de ser un miembro de la sociedad que cumple un papel determinado, y que se puede sentir valorado y reconocido por lo que hace, a ocupar un puesto más pasivo o menos reconocido por la sociedad, como el de cuidador o ama/o de casa, lo que puede repercutir en el autoestima y autoconcepto, ya que en muchas ocasiones el trabajo define a la persona y determina la identidad.

Por todo ello, en ocasiones, la jubilación se puede convertir en un evento estresante. El cambio de rutinas y horarios, la separación o falta de contacto con los compañeros de trabajo o clientes y la pérdida de ingresos, son factores que pueden desestabilizar el estado emocional de la persona.

El primer objetivo dentro de la Terapia cognitivo conductual es evaluar en qué fase del proceso de adaptación esta la persona, ya que en función del punto en el que se encuentre, así se abordara el tratamiento.

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